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jueves, 26 de diciembre de 2013

UNA OFRENDA EN EL INFIERNO







Barrio Villa Floresta, Bahía Blanca. Unidad 4 del Servicio Penitenciario Bonaerense: más de 500 encerrados de toda la provincia de Buenos Aires.

El lunes pasado, mientras inspeccionaba el penal, la preocupación del director de esa cárcel le produjo un pico de presión, por el que debió ser asistido. La inspección encabezada por Procuvin llegó con 3 fiscales, 2 jueces provinciales, se sumó un defensor oficial y 15 abogados de los equipos de trabajo. Recuperado del pico de presión, se le ordenó al director del penal cocinar para los encerrados que llevaban horas y horas sin comer. Y hubo churrasco en el pabellón, a las siete de la tarde. Durante la inspección, presos en calabozos de castigos fueron realojados por disposición de jueces activos en pabellones con régimen de puertas abiertas. Tras la inspección, el director fue removido del cargo.

Durante el procedimiento pregunté varias veces dónde estaba Héctor Cuevas, un detenido que siempre se comunica por teléfono con la Procuraduría. Nos llama él. Nos llama su pareja, Paola. Muchas veces. Y muchas veces con situaciones urgentes.

Pregunté por Cuevas. En qué celda, en qué pabellón.

A las horas de recorrer el penal llegué a un sector de “buzones”. Celdas ciegas, de castigo, donde el encierro es absoluto. Entré a su celda de 2 x 3, inmunda, olor a mierda. Hacía 50 grados de sensación térmica, y los 50 potenciaban el olor, la falta de oxígeno, el espesor del aire. Le di la mano.

–¿Usted es Cuevas?

–Acá está Cuevas.

Y me miraba. Y quería hablar. Y no iba a poder.

Me invitó a sentar. Por silla, una lata de plástico de 20 litros, dada vuelta, mugrienta. Me senté. Cuevas se sentó en una especie asquerosa de colchón, sobre un camastro lleno de bichos. Adentro de esa celda de bloques hacía más de 50 grados. Las rodillas enfrentadas casi se tocaban. Una sola de mis rodillas era más voluminosa que las dos de él. Nunca comió bien. Le calculé entre 28 y 50 años. Una delgadez joven y gastada mezclada con una desnutrición vigente imprecisan su edad. La nitidez de una biografía borroneada, pensé. Lo observé. Parecía haberse revolcado arriba de un rallador de metal: los brazos cortados, las manos rajadas, la cara marcada, un pómulo corrido, la nariz desviada, las orejas tajeadas. El cuerpo agredido.

–Un gusto Cuevas. Soy fiscal federal, estamos inspeccionando condiciones de encierro. ¿Cómo está?

–Mal. Muy mal. Estoy mal –apenas pudo decir: en protesta se había cocido los labios y estaba en huelga de hambre hacía 10 días.

Se paró. Se levantó la remera. Flaquísimo, atravesado por tramos de cicatrices hondas, hernias, operaciones a cuchillazos, un pedazo de intestino a la vista, un globo blando en el abdomen que presionado reaparecía por el costado, una bolsa que funciona de ano contra natura, evidentemente infectada y con sangre. El todo sucio: no tiene modo de bañarse. Se lava con el agua que va al inodoro. Equivale, y sería menos, a tener que limpiarse el culo con las manos. Pero es peor.

–Muy mal estoy –sigue diciendo–. Mire –y me sigue mostrando. Se enoja un poco–. Acá si no fuera por Cipriano** que me ayuda siempre, y si no fuera por Abel Córdoba que también me da una mano, acá nos matan a todos. ¡Mire cómo nos tienen! ¡Mire cómo estoy!

Aproveché una pausa y dije:

–Héctor, yo soy Abel Córdoba. Sabía que estabas acá y vine a verte.

Es indescriptible la emoción que lo ganó. No gana nunca el chango. Perdió siempre, hasta con las emociones, que le ganan cuando se emociona. Le cambió toda la cara, le aparecieron movimientos nuevos, gestos que estaban apagados, y empezó a decir que no lo podía creer, que era a quien admiraba. Miraba para abajo, dejaba la vista fija y los movimientos en su cara no paraban. Se le llenaron de lágrimas los ojos, me abrazó. Lloró.

Un momento intenso, y a esa transferencia, que portaba desesperación y también equívoco, siguió otro muy particular: con la emoción sostenida se empezó a revelar el ademán del anfitrión. Quería dar algo, quiso, necesitó, ofrecerme lo que sea, y tendría que ser lo que no tenía.

Miraba para todos lados. Una bolsa con yerba marrón tirada en el piso era lo único que tenía. Nada más. Al cabo de esa búsqueda, agarró lo único que había en esa celda.

Tendría que haber sido lo que no tenía. Tendría que ser lo que tenía.

Agarró una cosa de trapo que hacía de almohada y me lo ofreció para que me sentara mejor, para que la pusiera sobre la lata. El momento me causó espanto, por percibir, ambos, la presencia de la desposesión más absoluta y tener que echar mano a un trapo como ofrenda, sostener y encontrarle forma a una atención en esas condiciones miserables. El cayó otra vez en su situación inhumana. Yo me di, otra vez, contra la imposición, que él padecía, de no poder encontrar con qué materializar la intención de dar algo.

No tener nada. No tener ni lo único que se tiene.

Hablamos un rato largo. Insistió en que no estaría ahí los 10 años que le habían dado por condena. Que prefería intentar pasar el muro aunque muriera. O ahorcarse en esa misma celda. Pero diez años así, no.

–No se puede. Diez años así, no –repitió–. No me atiende nadie, estoy enfermo, no puedo comer, no me dan comida, no veo a mi familia, no tengo agua, no salgo al patio, me están matando, y me van a matar. Diez años así, no.

Como si se pudiera un día.

Nos despedimos con un abrazo, los ojos brillosos otra vez. Insistía en la gratitud, mencionó una foto. No dije nada, me producía contrariedad, una imagen en ese lugar, con esa condición, se desajusta con la idea que tenemos de una foto de recuerdo. Toda fotografía es tiempo y luz. El tiempo es otra cosa ahí. Lo obturado es el absoluto. Quedó calladamente descartado.

Al salir de la celda supe que me sería imposible cerrar un solo milímetro esa puerta de hierro maciza de su encierro. Salí. No toqué la puerta. Que la cierre quien sea capaz de cerrar esa puerta.

Di unos pasos. Antes de doblar hacia un pasillo miré de reojo. Héctor estaba parado un milímetro atrás de la línea del dintel. Los brazos le buscaban el suelo. Levantó un poco la mano derecha. “Chau, Abel.” Venía la voz desde un milímetro más acá de la línea de los que estamos vivos. Un paso más, y se escuchó el estampido de la puerta de fierro contra el marco de fierro. Y las llaves contra los fierros y los fierros contra el aire. Y el candado contra el fierro. El sonido espamentoso del encierro, obturador de toda vida.

Relaté varias veces esta vivencia. Mi relato patina cada vez sobre la escena en la que me alcanza ese trapo para darme algo. Me conmocionó el ademán de anfitrión durante el tormento.

En charlas con Laura Sobredo, la psiquiatra del equipo de Procuvin, ella insistía: “Esa persona en ese momento, te quiso, y te quiso ahí”. Y convocó a Lacan, de quien viene más precisión acerca de todo esto. Lacan escribió que dar amor es dar lo que no se tiene a la persona equivocada.





Abel Córdoba es titular de la Procuraduría de violencia institucional del Ministerio Público Fiscal, que desde marzo de 2013 realiza inspecciones en lugares de encierro de todo el país, tanto en ámbitos federales como provinciales.

** Roberto Cipriano García es funcionario de la Procuvin.









jueves, 5 de septiembre de 2013

VIOLENCIA DE CLASE







Cada norma tiene efectos más allá de los márgenes del texto. La Ley de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares (Ley 26.844), sancionada en marzo de este año, fue el primer paso en la regulación de una labor que, durante años, parecía invisible.

Ayer, en Córdoba, un fiscal tomó una decisión sin precedentes, al imputar por los delitos de extorsión y privación ilegítima de la libertad a Teresa Beatriz Nourikhan, una mujer acusada de maltratar a su empleada de origen peruano, y forzarla a renunciar bajo la amenaza de quedarse con su pasaporte. "Esta medida inaugura una etapa de respeto a la dignidad de las trabajadoras y también hacia los hermanos de otros países. Es una condena a nuestra propia xenofobia", reflexionó Gustavo Núñez, abogado querellante.

Nourikhan vive en el barrio cerrado «La Reserva» y está imputada por extorsión y privación ilegítima de libertad, agravada por violencia. Fue detenida el jueves pasado y el viernes fue trasladada a su hogar para cumplir la detención de manera domiciliaria, beneficio previsto por ley que se otorga a personas que tienen a cargo hijos menores de 5 años.


"Ella me acusó de robarle 300 pesos. Vino a mi cuarto, tomó mi bolso, me tiró las pertenencias y me retuvo el documento. Me gritó y me dijo ladrona, mentirosa, caradura, sinvergüenza, que iba a llamar a la policía. Como yo no hacía nada, me llevó a la pieza, me revisó los bolsillos y me hizo sacar las zapatillas. Me dijo que me quite la remera, el corpiño. Me bajó los pantalones. Me tocó para buscarme si tenía la plata en la bombacha. Y al final, estaba en el placard de los hijos. Yo le dije en ese momento que la iba a denunciar y, burlándose, me contestó: '¿Qué pruebas tenés?'", relató B. a Tiempo Argentino, quien llegó al país en 2011, junto a sus dos hijos.

Según pudo constatar el fiscal, la empleadora luego llevó a B. al correo, la obligó a firmar la renuncia, la condujo hasta la puerta de la casa y arrojó todas sus pertenencias a la calle. Con esos datos, se decidió la detención de Nourikhan, en su domicilio en un barrio cerrado cordobés, por ser madre de un niño menor de cinco años.

El abogado defensor, Carlos Hairabedian, aseguró que todo es falso, que se trató de "los típicos problemas que suelen suscitar las relaciones entre dos mujeres con comportamientos, modos de vida y estilos de conducta distintos", y que "Nourikhan la acompañó en el automóvil porque la chica no sabe desenvolverse sola en la ciudad".

En el Sindicato de Personal de Casas de Familia de Córdoba festejaron la decisión del fiscal como un hecho histórico. "Tenemos muchísimas denuncias de este tipo. Entre este año y el pasado, recibimos 10 relatos de golpes y patadas. Hace poco llegó una mujer con una piña en el ojo, el empleador la acusó de tender mal la cama. Pero nunca pudimos hacer nada en el fuero penal, no teníamos derechos. Para nosotros esto es demasiado grande. En 50 años que va a cumplir el sindicato, esta es la primera vez que podemos hacer justicia", expresó Nélida Sosa, secretaria general del Sinpecaf.




domingo, 30 de diciembre de 2012

CRIMINOLOGÍA MEDIÁTICA HOY





La interpretación criminológica de campo y su muestra dinámica contradicen a la criminología mediática

Este informe que expone la Corte Suprema de Justicia de la Nación observa que el sistema corporativo de medios editorializa y difunde sólo homicidios dolosos de primera y esconde aquellos que considera de segunda, a pesar de que estos últimos representan el mayor porcentaje, por lejos, dentro de todos los casos ocurridos en Capital Federal y los departamentos judiciales de La Plata y San Martín. Esta maniobra, no menos dolosa, la establece la criminología mediática por medio de la invisibilización de esas muertes violentas porque en la trastienda de su poder intenta esconder una economía violenta de subsistencia donde se paga poco salario y se genera mayor renta para la clase dominante. Sólo este Estado generador de un proyecto nacional, popular y democrático, promotor de la inclusión social y el reparto equitativo de la riqueza, enfrentando a las corporaciones y al carácter establecido del poder fáctico podrá prevenir la publicitada inseguridad...







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